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Por ahora es casi imposible no escribir sobre política. Nuestro país atraviesa por una de las peores crisis políticas de su historia. Todos los expresidentes en vida tienen restricciones a su libertad. Primero fue Alejandro Toledo que tiene pendiente un proceso de extradición desde Estados Unidos, Ollanta Humala y su esposa Nadine Heredia estuvieron presos por unos meses, casi inmediatamente después, Pedro Pablo Kuczynski renunció al cargo de presidente y hoy también tiene impedimento de salida.

Y el que acapara las primeras planas de los diarios por estos días es Alan García, que a través de un recurso diplomático solicita asilo ante la República de Uruguay. El tema no es muy fácil porque es un recurso eminentemente político donde son las percepciones lo que cuenta y no tanto las razones, pero además está en juego la marca partidaria que difícilmente (no imposible) podrá superarse. ¿Se habrá evaluado el riesgo?

Pero analicemos. ¿Qué es lo que sucede para que nuestros expresidentes tengan más que sospechas, sino denuncias de corrupción o persecución política como algunos denominan? ¿Qué está ocurriendo en Perú? ¿Es tan malo ser político, y valdrá la pena su ingreso porque sí o sí se sale con alguna denuncia?

El círculo se cierra y aparecen respuestas. Para ser un buen político, hay que ser una buena persona. Creo que la causa de la desgracia política que atravesamos (independientemente de izquierdas, derechas o social confusos) es que los políticos que aparecen ya vienen con vacíos y debilidades en lo personal y familiar. No importa las obras que hagan, igual caerá la maldición del rechazo y sospecha.

Domingo, 25 de noviembre de 2018
Diario Correo – Huancayo