La mayoría de políticos, especialmente en tiempos de campaña electoral creen que al atacar a sus adversarios se producirá en su favor un efecto multiplicador de sus votantes. La experiencia evidencia que las reacciones instintivas de insulto y agravio no suman votos. Incluso, suele suceder todo lo contrario.

Veamos. Si nos percatamos que un hombre golpea salvajemente en la calle a su esposa, creo que inmediatamente iríamos a proteger a la agraviada. Poco importará las motivaciones del agresor, aun si este acuse a su cónyuge de adulterio o algo peor. ¿Qué ocurre con tal defensa? Sucede que los seres humanos tenemos un sentido de protección hacia los débiles. Tenemos una reacción natural en protección por lo que nos parece indefenso.

Son las mujeres, los niños, los ancianos o algún grupo minoritario u étnico quienes son percibidos por un sentido de protección. Cualquier acto que amenace su integridad física o social terminará siendo repudiada por la opinión pública. Esta consideración ocurre aquí y en cualquier país o cultura del mundo. Nadie podría ir a las apuestas para ver quién ganará al momento de presenciar una pelea en la calle. También, puede ocurrir que muchos de los transeúntes se alejen inmediatamente de la riña ahuyentados por la violencia.

Entonces, creo que los políticos pierden tiempo en atacar a sus adversarios en lugar de preocuparse por desarrollar una conexión social mucho más efectiva con la población hablando de sus necesidades y preocupaciones diarias.

Domingo, 09 de setiembre de 2018
Diario Correo – Huancayo