Podemos simpatizar o no con, Alan García (AGP), pero valga su experiencia política para los que quieren aprender de los vericuetos de la política pero a través de la narrativa de los que ya la vivieron. “Metamemorias”, es la última publicación que dejó en vida AGP y donde al parecer, ya escribía sus últimas anotaciones y su despido. Tal como escribió al final del libro, “adiós, apristas combatientes (…). No sé qué ocurrirá después, pero sí sé lo que debo hacer…”

Pero de los diferentes temas que aborda, me llamó la atención la manera cómo AGP narra su proceso de notoriedad política que adquiere, lo cual no precisamente fue su carisma y dotes de orador, quizás algo contribuyó, pero hubo mucho más que contribuyeron.

En 1982, el camino al poder se aceleró luego de que en una presentación del entonces Primer Ministro, Manuel Ulloa, Alan García solicitó la palabra pero se la denegaron, y él salió de su escaño y descendió hasta donde estaba el ministro, levantó el dedo y tocó su corbata. “No lo sabía, pero era el país que iba conmigo, los desempleados y las amas de casa”, describía.

Lo curioso fue también que en esos meses, inesperadamente se contactó con él, el hermano de un alto dirigente de Acción Popular, para ofrecerle formar parte de la Comisión Permanente, y que desde ahí, podía solicitar la presencia del ministro en cualquier momento. Era claro que ya se iniciaba una suerte de guerra fría al interior de Acción Popular, el propósito era saber quién sería el sucesor de Fernando Belaunde, podría ser Manuel Ulloa o Alva Orlandini ya después de 1985. “Dios ciega al que quiere perder”, concluía AGP.

Domingo, 12 de enero de 2020