Cada vez que nos enteramos de “faenones” y “negociazos” apreciamos como resulta de desagradable y nauseabunda la política peruana, especialmente en estos últimos lustros (quizás siempre fue así, tal vez nunca nos contaron o salieron a luz). Atrás y muy lejos quedó el principio de apostolado político que distinguió a grandes idealistas como Mariátegui, Belaunde, Bedoya o Haya de la Torre, por citar a algunos nombres.

Pero creo que debemos desmitificar y entender a la política ya no como el gran instrumento de transformación social que devino en la revolución francesa para cambiar el statu quo social. Debiéramos entenderla como el ducto social, por la cual aparecen cada vez más nuevos ricos de la mano de la corrupción estatal. No nos engañemos, cada vez más están en todos los niveles de gobierno, sin distinción de izquierdas o derechas. Su propia naturaleza estructural del ducto social emana y los expone cuando son descubiertos. ¿Cómo llegaron? ¿Quién los llevó? ¿Hipocresía social?

Si a este escusado social se le sigue siendo permisible y no se realiza cambios estructurales, el daño social cada vez más será irreversible en nuestra sociedad, podríamos ingresar a un profundo caos social, donde todo se compra y todo se vende con tal de conseguir poder (creo que aún no pisamos fondo). Pero bueno, no tenemos la receta para solucionar algo tan complejo como es la interacción de la naturaleza y su especie humana, en todo caso intentemos por cambiar nosotros mismos. “Una mala persona, jamás podrá ser un buen profesional y mucho menos ser un buen político”.

Domingo, 23 de octubre de 2016