“El vencedor siempre será el juez y el vencido será el acusado”, expresó alguna vez Hermann Göring, (fue el segundo después de Hitler) previo al juicio que afrontó junto a dirigentes Nazis en la ciudad alemana de Núremberg en noviembre de 1945. Las acusaciones fueron por crímenes de guerra que debieron ser probados con pruebas irrefutables. Algo más allá de hipótesis fiscales. Era necesario conseguir testimonios con sindicación directa además de los hechos que corroboraban lo dicho.

El juicio fue un intento de aplicar el derecho internacional (ausente de jurisprudencia hasta ese entonces), para impartir una justicia imparcial, algo que los alemanes jamás hicieron con sus prisioneros. Pero por supuesto, este juicio debería garantizar el debido proceso. Incluso, a pesar de la contundencia de los hechos (crímenes en campos de concentración), los procesados tuvieron derecho a una defensa legal.

Por la naturaleza de su puesta en escena, todo juicio tiene una connotación de espectáculo y la atención de la prensa. La prosperidad del cerco judicial de fiscales y jueces nombrados por los países aliados que vencieron la Segunda Guerra Mundial (EE.UU. Inglaterra, Francia y la Unión Soviética), deberían de dar una muestra al mundo de que la justicia debe ser imparcial.

Finalmente, casi todos los acusados fueron sentenciados a muerte, menos, Hermann Göring, que prefirió suicidarse con una píldora de cianuro antes de ser ejecutado en la horca. Una sentencia que para él significaba, una condena política de los que vencieron la guerra.

Domingo, 05 de mayo de 2019