Las ráfagas de fuego de la justicia peruana siguen destruyendo al portaviones fujimorista que en el 2016 llevó a 72 congresistas de 130 a dominar el poder legislativo y a Keiko Fujimori como su lideresa. Ella no ganó un escaño parlamentario, pero se las ingenió para tener el poder y conducir a un ejército en un mercado persa.

Muchos políticos y analistas sostenían la tesis de que en ese entonces el flamante gobierno de Pedro Pablo Kuczynski (PPK) atravesaría por una crisis de gobernabilidad debido a su poca experiencia política y no contar con mayoría legislativa. La ola de sube, sube PPK terminó desinflándose en poco tiempo y dio paso a la renuncia presidencial hace menos de un año.

Pero tanto, PPK y Keiko Fujimori terminan aojándose en una vorágine política que ellos mismos se encargaron de construir como un traje a su medida pero con tela de baja calidad. Ambos políticos (sin formación ideológica) no se dieron cuenta de la embarcación que conducían y peor aún, no advirtieron el remolino que acababa de aparecer en sus vidas.

Si la impericia política de PPK fue el detonante para su tragedia personal y pública, en el caso de Keiko Fujimori fue la soberbia que arrasó su capital político. La lideresa fujimorista, no solo se atrevió a retar a los poderes fácticos que cohabitan en una sociedad. Para bien o para mal, esos poderes tienen vida propia y tienen efectos colaterales. Uno de ellos es el sistema de medios que quedó herida tras la “Ley Mulder”. Una ley que fue impulsada como un acto suicida en términos políticos.

Domingo, 28 de octubre de 2018
Diario de Correo – Huancayo