Es imposible no hablar de Diego Armando Maradona por estos días. Su repentina y quizás crónica de su muerte ya anunciada entristeció a millones de fanáticos del fútbol en todo el mundo. Al enterarse de la noticia, no solo los hinchas rompían en llanto; también lo hacían en vivo y en directo algunos periodistas y comentaristas deportivos en la televisión argentina.

¿Por qué tanta devoción a Diego? Sin duda, por la narrativa de su origen popular y sobre todo, porque demostró una impresionante habilidad futbolística que hasta el día de hoy no aparece deportista con un talento similar o mejor; aunque se habló de Messi en algún momento.

El diez de la selección argentina, ya desde muy niño, hablaba de sus sueños de ser campeón del mundo. Lo consiguió al ganar la primera Copa del Mundial juvenil en 1979. Alcanzó la gloria cuando ganó la Copa Mundial con la selección de mayores en México 86. Después de triunfos y derrotas, su nombre continuó haciendo noticia a nivel mundial, pero los periodistas de espectáculo y escándalo lo perseguían cada día más. Su vida, nunca volvió a ser como antes.

La sencillez de su familia y sus amigos de infancia, del barrio de “Villa Fiorito” (Buenos Aires – Argentina) que lo vieron jugar por primera vez, en aquel polvoriento campo de fútbol, presentan una narrativa propia del drama de una novela que sumerge al lector desde el principio hasta el final. No obstante, es innegable que también aparece el componente social en la vida “del Diego”. Me refiero a ese fantasma social, que divide y une a los hombres, entre ricos y pobres.

Domingo, 29 de noviembre de 2020
Diario Correo – Huancayo