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Hipoteca política

Es claro que, en política como en los negocios, no hay lonche gratis. Cada apoyo, cada financiamiento económico o cada respaldo mediático es una inversión con cierta expectativa de retorno. Así como en el sistema financiero una hipoteca implica una garantía que respalda un préstamo, en la política si se entregan favores se esperan beneficios. El problema surge, cuando no se cumple con lo pactado y aparece la “hipoteca política”.

La reciente pelea entre Donald Trump y Elon Musk es un ejemplo de hipoteca política. Durante la campaña electoral del 2024 en Estados Unidos, el multimillonario apoyó abierta y furibundamente a Trump, tanto con su imagen personal y millones de dólares. Fue una relación de conveniencia que ayudó a Trump a suavizar su imagen y reconquistar la Casa Blanca. Pero como toda hipoteca, las notificaciones y reclamos aparecen cuando hay incumplimiento de pago.

La amistad convenida se deterioró rápidamente y los ataques no tardaron en llegar. Musk acusó a Trump de estar vinculado a oscuros expedientes judiciales, mientras que el mandatario respondió el ataque con amenazas directas a los negocios del empresario dueño de Tesla (Autos eléctricos y Tuiter). Lo que fue un acuerdo político terminó en una guerra a través de redes sociales.

Durante una campaña electoral, los políticos se ven tentados a aceptar apoyo de quien sea con tal de ganar, incluso están dispuestos a dar la mano a Dios y al diablo al mismo tiempo. Sin embargo, como en todo préstamo, llega un momento en el que hay que pagar. Y si hay incumplimiento de pago, el que prestó no perdonará.

Por otro lado, los empresarios, deben comprender que el poder político no se maneja como una empresa. No basta con invertir para controlar y esperar retorno de inversión ya que los políticos tienen su propia agenda y sus propias lealtades.

En política no hay «lonche» gratis, y cada favor se convierte en una factura que, tarde o temprano deberá cancelarse. Cuando un político firma una “hipoteca política” debe estar dispuesto a pagar, incluso si ese precio es la traición.

Domingo, 8 de junio del 2025
Diario Correo

El ego y vanidad política

El ego y vanidad política

Las campañas electorales ya comenzaron y parece que se convertirán en un desfile de egos, donde cada candidato buscará ganar notoriedad antes que comunicar, y quizás cámaras y micrófonos antes que empatía. Con más de 40 agrupaciones políticas en carrera para las elecciones presidencial del 2026, lo que viene no será debate de ideas programáticas, sino una batalla de protagonismos, en la que muchos pretenden ser escuchados sin tener nada real que decir. ¡El ego y vanidad política!

Phillip Butters, es un conductor de radio y televisión que ha anunciado su intención de postular a la presidencia. Butters representa un estilo irreverente y confrontacional en nuestra política para tener tribuna política. Trabajar durante años ante una cámara o un micrófono no es sinónimo de saber gobernar, y mucho menos de saber escuchar. Su estilo de confrontación, más cercano al monólogo que al diálogo, podría tener audiencia, pero no necesariamente respaldo electoral porque también se necesita musculo político.

En política, como en la vida, hablar solo de uno mismo es la mejor manera de perder atención de nuestro interlocutor. Imaginemos una cita en la que alguien se dedica a presumir de sus logros sin interesarse por la opinión de su acompañante. Lo más probable es que la conversación acabe pronto, y con mal recuerdo. Lo mismo ocurre entre candidatos y ciudadanos: si el político no muestra interés por lo que preocupa a la gente, este simplemente no lo escuchará.

Y es que el gran error de muchos candidatos que suponen que comunicar es solo informar, cuando en realidad comunicar es conectar y convivencia. Es escuchar tanto como hablar, comprender tanto como exponer. En la campaña del 2021, candidatos como Rafael López Aliaga o Hernando de Soto tuvieron fuerte presencia en medios de comunicación, pero fue Pedro Castillo, sin mayor presencia en medios, quien logró conectar con sus electores lo que otros no vieron o despreciaron.

El ego y vanidad política, ese afán por ser aplaudido, genera una distancia innecesaria que aleja al ciudadano. Porque quien solo se escucha a sí mismo, jamás podrá representar a otros. Los electores no buscan superhéroes mediáticos o intelectuales altamente preparados, sino personas dispuestas a hablar menos y escuchar más. ¡El ego y vanidad política!

Domingo, 1 de junio del 2025
Diario Correo

EL voto rebelde desafía a las encuestas

El voto rebelde desafía las encuestas

En nuestro país, en los últimos procesos electorales aparece una constante que se repite coincidentemente: los candidatos que lideran las encuestas, a pocos meses de las elecciones, casi nunca ganan. En las elecciones del 2021, George Forsyth, el exarquero convertido en político lideró por algún tiempo las preferencias, luego se desinfló estrepitosamente. Lo mismo ocurrió con Yonhy Lescano, cuya campaña parecía encaminada al triunfo, pero resultó todo lo contrario.

El triunfador fue un hombre que hasta entonces parecía irrelevante y pintoresco para el electorado, Pedro Castillo ganó por un estrecho margen. ¿Las encuestas se equivocaron? ¿Manipulación mediática? ¿Un electorado inestable e impredecible? Son varias interrogantes que merecen análisis en la opinión pública.

Una posible explicación y cómoda para los analistas políticos es que las encuestas no predicen el futuro. Son herramientas que sirven para tener una lectura del presente, detectar tendencias y ajustar la estrategia. Si los políticos quieren adivinar el futuro les resultaría menos costoso consultar en un advino para que le lea las cartas.

En un análisis académico, hay un fenómeno social que sigue desconcertando a muchos: el efecto «underdog», esa inclinación por el candidato o agrupación política que va abajo en las encuestas, como si el electorado peruano, hastiado de la clase política tradicional, encontrara una especie de alivio emocional al rebelarse en contra de los favoritos.

Y, quizás no es casualidad que muchos de los que lideraron las encuestas terminaran derrotados. Alejandro Toledo en 2011, Keiko Fujimori en 2016 y 2021, y recientemente Forsyth y Lescano. Todos ellos representaron, en su momento, una supuesta opción segura o una cara nueva.

Sin embargo, la seguridad o una cara nueva rara vez seduce a un país en constante crisis política y económica. Pareciera que en el Perú es lo inesperado, lo que nadie vio venir a un votante silencioso, desconfiado, que decide en los últimos días y lo hace en contra de las tendencias motivado por su malestar, su hartazgo y su rabia contenida.

Domingo, 25 de junio del 2025
Diario Correo

El músculo político de Dina Boluarte

La presidenta Dina Boluarte tiene un récord que ningún mandatario desearía tener los niveles de desaprobación tan altos que, en algunas regiones, podrían tener cero por ciento, si se considera los márgenes de error. Y, a pesar de todo, continua al frente del poder Ejecutivo. En un país donde el entusiasmo político se evapora más rápido que una promesa de campaña, su permanencia resulta todo un análisis político.

¿Cómo se explica que una presidenta tan impopular, con cinco denuncias constitucionales, sin partido político y sin bancada parlamentaria, continúe en funciones? Hay varias respuestas, por ahora, me referiré a una de ellas: el músculo político. Si no tienes musculo político o una organización política, puedes remplazarla por acuerdos pragmáticos y alianzas pasajeras con parlamentarios que apuestan más por la supervivencia política y económica en lugar de una visión de país.

Diana Boluarte llegó a gobernar sin una estructura propia ya que formó parte de una fórmula presidencial que hoy apenas es un recuerdo incómodo. En medio del terreno tenebroso de la política, ha logrado sostenerse gracias a pactos con partidos que encontraron en el Ejecutivo una fuente de influencia política, cargos o poder momentáneo. Sin embargo, gobernar así, sin base popular ni respaldo orgánico, es como caminar al borde de un abismo político.

El músculo político no se improvisa. Se construye con estructura partidaria, presencia territorial, liderazgo claro y, sobre todo, conexión con la ciudadanía. No se trata solo de tener escaños en el Congreso, sino de generar una red de apoyo social capaz de sostener decisiones impopulares, impulsar reformas y resistir embates mediáticos. Eso, justamente, es lo que falta al actual gobierno.

Gobernar no es solo ostentar el cargo, implica tener músculo político o fuerza para ejercer con legitimidad. Y, en democracia, esa fuerza no proviene de acuerdos debajo de la mesa, sino del respaldo ciudadano y de una organización que permita proyectar estabilidad. El Perú, necesita líderes con músculo político real. No figuras solitarias que se aferran al poder a toda costa, sino líderes que puedan movilizar, inspirar y reconstruir las grietas entre el Estado y la población.

Domingo, 18 de mayo del 2025
Diario Correo