En julio de 1989, Mario Vargas Llosa y Ricardo Belmont se reunieron para intercambiar opiniones sobre coyuntura, pero sobre todo, existía un interés del escritor para llegar a un acercamiento político con el carismático conductor de televisión para que pueda representarlo como candidato a la alcaldía de Lima.

Aunque Belmont tenía mucho aprecio por el escritor, se permitió decirle que cometía un error al juntarse con la derecha peruana, representada en ese entonces por el PPC y Acción Popular. La burguesía me desprecia porque hablo en jerga y no soy culto. Pero en cambio, los cholos y negros votarán por mí. No le quitaré los votos al Frente Democrático, sino a la izquierda. Concluía el también empresario. (Son relatos descritos en “El pez en el agua”)

Lo que sucede, es que en un proceso electoral como en el caso peruano no se está en disputa lo aspiracional, no es lo mismo que se busca en una campaña comercial o publicitaria donde hay que vender productos y servicios. La gente busca verse representada en la foto del afiche del candidato. En el próximo proceso electoral para el Congreso, también se buscará un nivel de representación simbólica aunque luego se arrepienta el voluble electorado peruano.

Ya sucedió en 1990 con la campaña presidencial de Vargas Llosa, donde perdió y ganó un desconocido. Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Alan García e incluso PPK fueron parte de ese péndulo político y social. Treinta años después no cambió mucho el Perú. Una campaña al parlamento también traerá algo de ese capricho sociocultural.

Domingo, 10 de noviembre de 2019