Inicio Blog Página 12

Violencia e indiferencia política

En el Perú de hoy, la inseguridad ha dejado de ser una preocupación para convertirse en una condena cotidiana. Mientras las audiencias televisivas migran al streaming, las pantallas de señal abierta insisten en retratar un país sumido en la violencia, donde la extorsión y el sicariato se vuelve cotidiano. ¡Violencia e indiferencia política!

No es una exageración: cada amanecer llega acompañado de una nueva tragedia, de un nuevo crimen impune que nos recuerda que las calles ya no pertenecen a los ciudadanos, sino a la delincuencia organizada. Solamente en enero, el Sistema de Información de Defunciones (SINADEF) reportó una cifra récord de 234 muertes por homicidio.

El terror ya no viene de la mano de grupos ideológicos como Sendero Luminoso, sino de bandas que han encontrado en la extorsión su mejor negocio. Pequeños y medianos empresarios, comerciantes de mercados y emprendedores de barrios populares como Huaycán en Lima, viven con el miedo de ser la próxima víctima. El Estado de Emergencia, decretado con bombos y platillos, se ha convertido en un adorno burocrático que no ha conseguido frenar la ola de criminalidad que devora al país.

Perú es un país que presume de estabilidad económica y de un modelo de libre mercado que fomenta el emprendimiento. Sin embargo, esa libertad económica choca de frente con la realidad: los peruanos se arriesgan a levantar negocios solo para ser perseguidos por el hampa, mientras el gobierno de Dina Boluarte observa con pasividad. La incertidumbre no solo es económica, sino también social. ¿De qué sirve tener oportunidades de progreso si el precio a pagar es la vida?

La clase política parece no entender la magnitud del problema. Desde el Ejecutivo hasta el Congreso, las respuestas son lentas, insuficientes o simplemente inexistentes. Esta indiferencia tendrá un costo en las urnas. Así como en 2021 la población votó más por rechazo que por convicción, en la próxima elección el desencanto podría inclinar la balanza hacia opciones más radicales. El hartazgo es el mejor combustible para discursos autoritarios y soluciones populistas que, aunque peligrosas, se presentarán como la única alternativa ante un Estado que ha renunciado a su deber de proteger.

El Perú que deja Dina Boluarte no es solo un país golpeado por la crisis política y la corrupción. Es un país donde la violencia ya no es noticia, sino rutina; donde el miedo ha sustituido a la esperanza y donde el próximo líder podría no llegar por sus méritos, sino por el fracaso de quienes hoy gobiernan. La indiferencia tiene consecuencias, y la factura política está por llegar con aroma populista. ¡Violencia e indiferencia política!

Domingo, 9 de febrero del 2025

Viento ideológico a la derecha

Viento ideológico a la derecha

El fin de la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín (1989) marcaron un momento histórico en el que se proclamó el supuesto «fin de las ideologías». Sin embargo, la realidad ha demostrado que las corrientes políticas no desaparecen, sino que se transforman y resurgen en respuesta a los problemas de cada época. ¡Viento ideológico a la derecha!

En Perú, la llegada de Alberto Fujimori al poder en 1990 ejemplificó este fenómeno: el discurso antisistema y la promesa de cambio encontraron eco en una sociedad hastiada de la crisis económica y la amenaza terrorista. Fujimori culpó al Estado ineficaz y a los políticos tradicionales, mientras impulsaba una agenda que mezclaba pragmatismo con autoritarismo.

Hoy, más de tres décadas después, el escenario ha cambiado, pero la fórmula se repite. La inseguridad ciudadana, el sicariato y el crimen organizado han desplazado al terrorismo ideológico como la principal amenaza en América Latina. Esta crisis ha servido como catalizador para el auge de líderes con un enfoque de mano dura, quienes capitalizan el miedo y la frustración ciudadana para consolidar su popularidad. Nayib Bukele, en El Salvador, ha llevado esta estrategia al extremo con un modelo de encarcelamiento masivo que, pese a las críticas por su impacto en los derechos humanos, ha recibido un respaldo de la población.

En Argentina, Javier Milei logró canalizar el enojo social con un discurso incendiario contra la clase política tradicional. Sin una militancia ideológica clara, su ascenso refleja el hartazgo de los ciudadanos con la inflación descontrolada. Mientras tanto, en Estados Unidos, Donald Trump vuelve a ser protagonista con una narrativa que responsabiliza a los inmigrantes y a la supuesta debilidad de sus predecesores por los problemas de seguridad y orden en su país.

En Perú, la pregunta que surge de cara al 2026 es: ¿qué tipo de liderazgo emergerá en este contexto de crisis y desconfianza política? La historia nos ha enseñado que, en tiempos de incertidumbre, el electorado tiende a apostar por figuras que ofrecen soluciones drásticas y discursos populistas.

Sin embargo, como advirtió Víctor Raúl Haya de la Torre, los peruanos necesitan «pan con libertad», es decir, prosperidad económica sin sacrificar la democracia. El reto será encontrar un liderazgo que no solo capitalice el malestar ciudadano, sino que realmente proponga soluciones sostenibles sin caer en los excesos del populismo ideológico sea de izquierda o derecha. ¡Viento ideológico a la derecha!

Domingo, 2 de febrero del 2025

Autoridad política de Donald Trump

Autoridad política en tiempos de Trump

Donald Trump ha vuelto a juramentar como presidente de Estados Unidos, una de las democracias más longevas y poderosas del mundo. Mientras los países sudamericanos han atravesado dictaduras y golpes de Estado, Estados Unidos se ha mantenido como un referente de estabilidad política. Sin embargo, la reciente tanda de decretos presidenciales de Trump pone sobre la mesa cuáles son los límites del poder y las implicancias de una autoridad fuerte. ¡Autoridad política en tiempos de Trump!

Entre sus medidas más controversiales, Trump ha declarado la inmigración ilegal como una emergencia nacional, suspendido el reasentamiento de refugiados, oficializado el retiro del Acuerdo de París, abandonado la Organización Mundial de la Salud y postergar el bloqueo para TikTok hasta que sea adquirida por inversores estadounidenses. Estas decisiones envían un mensaje claro: un estilo de gobierno que prioriza decisiones rápidas y contundentes, incluso cuando generan polarización interna y tensiones internacionales.

Para los países en vías de desarrollo como el Perú, estas acciones traen varias reflexiones. Por un lado, el soñado “sueño americano”, tan presente en la imaginación de muchos peruanos, se vuelve más inalcanzable. La posibilidad de cruzar la frontera y buscar refugio en Estados Unidos se convierte en una odisea casi imposible bajo el nuevo panorama. Esta realidad obliga a replantear los sueños migratorios y a reflexionar sobre cómo crear oportunidades en el propio territorio.

Por otro lado, el estilo de Trump revive un debate latente en América Latina: ¿necesitamos gobernantes con más autoridad política? Estudios como el Latinobarómetro 2024 muestran una creciente insatisfacción con la democracia en la región. Este descontento se alimenta de gobiernos que, como en el caso peruano, han fallado en resolver problemas fundamentales para ricos y pobres. Desde Pedro Pablo Kuczynski hasta Dina Boluarte, la desaprobación presidencial es un reflejo del desencanto ciudadano.

Sin embargo, la “autoridad” no puede ser confundida con autoritarismo. Trump es un ejemplo de cómo las decisiones unilaterales pueden ser bloqueadas por contrapesos democráticos, como el Poder Judicial o los Estados. En el Perú, la solución no pasa por fortalecer el poder individual de los mandatarios, sino por construir instituciones sólidas que sean capaces de responder con eficiencia y equidad a las necesidades de la población. La lección que deja Trump para países como el nuestro es clara: una democracia funcional requiere liderazgos firmes. ¡Autoridad política en tiempos de Trump!

Domingo, 26 de enero del 2025

Satisfacción por la democracia

Satisfacción por la democracia

El informe anual del Latinobarómetro 2024 ha encendido una nueva alarma: sólo el 10% de los peruanos se declara satisfacción por la democracia. Este dato, que sitúa al Perú al mismo nivel que Bolivia, plantea una preocupación profunda sobre el estado de nuestra democracia y el riesgo latente de que el descontento ciudadano abra la puerta a opciones autoritarias.

La insatisfacción de los peruanos con la democracia podría explicarse desde una analogía sencilla: la del consumidor decepcionado. Como consumidores, todos generamos expectativas cuando adquirimos un producto o servicio. Si este no cumple con lo prometido, no sólo dejamos de consumirlo, sino que también lo criticamos abiertamente. En el ámbito político, ocurre algo similar. Los peruanos perciben que la democracia no está cumpliendo con su «promesa de venta»: mejorar la calidad de vida, garantizar la justicia y promover el bienestar colectivo. Esta percepción alimenta un rechazo generalizado y una desconfianza cada vez mayor hacia las instituciones democráticas.

La gravedad de esta situación radica en que la insatisfacción extendida puede convertirse en un terreno fértil para el autoritarismo. En la década de los 90, el fujimorismo capitalizó el descontento popular y ofreció un modelo autoritario que, aunque cuestionable desde el punto de vista político, fue percibido por muchos como eficiente para resolver problemas inmediatos. Hoy, con niveles históricamente bajos de satisfacción por la democracia, no podemos descartar que el electorado busque soluciones rápidas, aunque estas pongan en riesgo las libertades fundamentales.

¿Somos excesivamente críticos con la democracia? En cierto sentido, podría afirmarse que sí. El reto, entonces, no está solo en exigir más, sino en participar activamente para fortalecer la democracia. Esto incluye desde ejercer un voto informado. La democracia no es un producto que se compra y se descarta; es un sistema que requiere inversión constante de tiempo, compromiso y esfuerzo colectivo.

La baja satisfacción por la democracia no debe ser vista como un fracaso absoluto, sino como una oportunidad para replantear y reconstruir un sistema que responda mejor a las expectativas ciudadanas. De lo contrario, el descontento podría convertirse en una profecía autocumplida, llevando al país a experimentar una vez más los riesgos de regímenes autoritarios. La democracia, aunque imperfecta, sigue siendo la mejor opción para garantizar un futuro de libertad.

domingo, 19 de enero del 2025