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Terrorismo de imagen

El reciente concepto de “terrorismo de imagen” utilizado por la presidenta Dina Boluarte refleja no solo una preocupación por su baja aprobación, sino también una lectura parcial de la realidad política en la que se encuentra.

No cabe duda de que la prensa, con sus simpatías o intereses, puede influir en la percepción de la opinión pública de un gobierno. Sin embargo, reducir la crisis de imagen a un ataque mediático «terrorismo de imagen» es ignorar factores más profundos que determinan el rechazo hacia su gestión.

La imagen de un gobernante, como cualquier otra figura pública, no es solo el resultado de lo que se muestra ante cámaras. No se trata de un conjunto de filtros o maquillajes que se aplican para ocultar defectos o magnificar virtudes.

La imagen de un político se construye sobre pilares intangibles como la credibilidad, transparencia y confianza. Y, la confianza no se puede fingir ni construir de la noche a la mañana. Es un proceso emocional que va más allá del discurso o apariencia.

Los políticos que buscan soluciones para mejorar la percepción de su imagen deberían reflexionar sobre el origen de la desconfianza ciudadana. ¿Por qué nueve de cada diez peruanos desaprueban la gestión de Dina Boluarte? La respuesta  no radica en una campaña mediática en su contra, sino en la falta de conexión entre lo que dice y lo que hace. La credibilidad es un activo muy importante a la hora de hacer política.

La insensatez política de intentar maquillarse para las cámaras, sin reparar en las acciones que generan desconfianza, es un error común que termina por provocar  una distancia o grieta social entre el gobernante y gobernado.

El problema no es la imagen en sí, sino la falta de coherencia entre lo que se proyecta y lo que realmente en esencia es el ser. Como dice el viejo refrán, «el hábito no hace al monje». Los cambios de vestuario o cirugías estéticas no resolverán el problema de fondo: la necesidad de que los políticos recuperen su credibilidad perdida.

Al final, la ciudadanía no respalda o elige por la mejor imagen, sino por la persona en la que siente que puede confiar y gobernar en su nombre.

Domingo, 13 de octubre del 2024

Arrastre electoral o realidad artificial

Arrastre electoral o realidad artificial

En el Perú, el voto obligatorio ha creado un particular triunfo político en las elecciones, distinta a la de otros países del mundo, donde el voto es voluntario. Esta obligatoriedad genera un fenómeno conocido como «arrastre electoral», una tendencia que otorga victorias y respaldos políticos que, en muchos casos, resultan artificiales.

A diferencia de los países donde el voto es voluntario, en los que los candidatos deben movilizar a sus bases para que los apoyen, en Perú el voto obligatorio crea una ilusión de legitimidad y apoyo masivo. Muchos políticos creen que al ganar una elección es sinónimo de contar con un amplio respaldo popular, pero esta percepción es equivocada. En realidad, el electorado no siempre vota por la calidad de los candidatos, sino muchas veces en contra de lo que rechazan o desaprueban.

El ejemplo más claro de este fenómeno lo vimos en las elecciones presidenciales de 2021, cuando Pedro Castillo, candidato de Perú Libre, llegó al poder con una bancada de 37 congresistas, muchos de ellos desconocidos y sin experiencia política que actualmente solo quedan once en la bancada. Estos legisladores no fueron elegidos por su carisma o sus propuestas, sino que fueron arrastrados por la figura de Castillo y, sobre todo, por el rechazo hacia Keiko Fujimori. La votación no reflejaba una verdadera adhesión hacia ellos, sino un acto de resistencia en contra de una candidatura rival.

Este factor de arrastre electoral subraya una fragilidad en el sistema político peruano, que muchas veces se ve atrapado en la polarización y en la lógica de votar «en contra» de algo más que «a favor» de propuestas claras. La tendencia a votar en contra de lo políticamente correcto es una constante y es probable que continúe en Perú.

Para la gente que anhela a un cargo público, este fenómeno deja una lección: la ubicación en la lista electoral puede ser determinante para el éxito. Si no se tiene un puesto expectante como el número uno o dos, las probabilidades de ganar se reducen. A menos, que el candidato presidencial, gobernador o alcalde gane la elección y la lista obtenga la victoria.  

¿Qué sucede después de ganar gracias al factor de arrastre electoral? El problema es que, al no contar con una verdadera base de apoyo ni haber demostrado cualidades para el cargo, muchos de los políticos terminan enfrentándose a una falta de legitimidad y, a un rápido deterioro de su imagen y quizás debido a sus apetitos personales terminan en desgracia política. ¿Lo dudan? Solo hay que verificar dónde se encuentran los que ya ganaron una elección.

Domingo, 5 de octubre del 2024

La agenda mediática sobre el caso “Chibolin”

La teoría de la agenda setting sostiene que los medios de comunicación, al seleccionar y priorizar ciertos temas, tienen la capacidad de influir en lo que el público considera importante. Esta idea, formulada en la década de 1970, reflejaba un contexto mediático controlado, donde los hogares dependían de la televisión, la radio y los periódicos para informarse. ¡La agenda mediática sobre el caso “Chibolin”!

Sin embargo, en la actualidad, con la irrupción de internet y redes sociales, ese control ha pasado a ser más complejo y efímero. El contenido que circula y los temas que se vuelven virales responden tanto a la demanda del público como a la habilidad de los medios para subirse a la ola. La atención mediática sobre el caso de Andrés Hurtado, “Chibolín”, es un ejemplo de cómo el entretenimiento puede acaparar atención sobre temas más relevantes para la ciudadanía.

Es curioso observar cómo los problemas judiciales de un personaje de farándula pueden obtener más espacio en los medios que las crisis políticas, económicas o sociales que afectan a la mayoría de los ciudadanos. Mientras que el lujo y el escándalo llenan las pantallas, las verdaderas preocupaciones de la población como la extorsión y asesinato a transportistas en Lima, el empleo o la educación quedan relegadas a un segundo plano.

No obstante, esta tendencia mediática no es solo producto de una conspiración para distraer a la gente; responde también a una dinámica de consumo. Si los medios promueven estos contenidos es porque la audiencia los demanda, en un ciclo donde el entretenimiento se convierte en el principal protagonista de la conversación pública.

Lo preocupante es cómo los políticos, en lugar de utilizar estos momentos de distracción para enfocar sus esfuerzos en atender las necesidades de la gente, terminan en el mismo torbellino mediático. Tal como el gobierno central que fue obligado declarar en emergencia algunos distritos de Lima todavía después de la presión del paro de transportistas.  La distracción es un arma de doble filo: entretiene a la ciudadanía, pero desvía la atención de los problemas que necesitan soluciones concretas. ¡La agenda mediática sobre el caso “Chibolin”!

Domingo, 29 de setiembre del 2024

La estrategia por aire y tierra

La estrategia por aire y tierra

La política y las campañas electorales o comerciales se asemejan a una guerra en la que se busca conquistar territorios, pero no geográficos, sino la mente del consumidor o elector. En esta lucha, como en cualquier conflicto, la victoria depende de una estrategia por aire y tierra. La estrategia por aire y tierra es la importancia de la organización territorial y el manejo mediático, dos frentes que se vuelven inseparables en las campañas electorales.

El contexto electoral actual en el Perú, con miras a las elecciones generales, regionales y municipales del 2026, pone en evidencia la necesidad de una estrategia. No basta con inscribirse en un partido político y tener buenas intenciones. La política es un juego de poder que exige entender el terreno y aprovechar cada recurso disponible, al igual que los grandes estrategas militares que dominaron Europa.

Julio César y Napoleón, no lograron sus victorias solo por su carisma, sino por la impecable organización de sus ejércitos. Del mismo modo, un político que aspire al éxito en una campaña no puede limitarse a publicar fotos sonrientes en Facebook; debe construir una maquinaria territorial que le permita «controlar el suelo» y, simultáneamente, establecer una presencia fuerte en el aire a través de los medios de comunicación y redes sociales.

Conquistar la mente del votante o del consumidor cobra especial relevancia en el siglo XXI, donde la sobrecarga de información y la fragmentación del mensaje desdibujan la identidad política. En este escenario, las redes sociales y los medios tradicionales juegan un rol esencial para mantener a un candidato en la conversación pública.

Sin embargo, depender exclusivamente de una campaña mediática no es suficiente. Un sólido ejército de militantes, bien entrenado y dispuesto a recorrer cada rincón de la región o municipio, es el complemento ideal. Este “ejército” representa el contacto directo con la realidad del electorado, algo que los medios no siempre logran captar.

La historia militar también nos enseña que las derrotas llegan cuando se descuida uno de estos frentes. Así como Hitler perdió por subestimar el terreno de invierno en Rusia o el poder aéreo de sus enemigos, muchos candidatos fracasan cuando no logran articular una estrategia coherente entre su presencia mediática y su trabajo en campo. Las campañas políticas no son un juego de azar ni un acto impulsivo, sino una estrategia que requiere análisis profundo.

El reto para los políticos que buscan ser elegidos en el 2026 es claro: deben construir una campaña que no solo movilice a su militancia, sino que sepa aprovechar las redes sociales y medios de comunicación para proyectar su mensaje. La improvisación no es una opción. La política, como en cualquier guerra, premia a los que saben adaptarse y que, sobre todo, saben cuándo atacar por aire y cuándo hacerlo por tierra.

Domingo, 22 de setiembre del 2024

¿Será el fin del fujimorismo?